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De Quimeras y Ensoñaciones

Un vampiro de chocolate

Un vampiro de chocolate

Érase una vez, en un lugar de la fantasía, de cuyo nombre quisiera acordarme siempre, hace muy…, muy poco tiempo que vivía, un murciélago de los de antaño, de capa antigua, ratonil figura y semblante amable.

Vampi Bienvenido era un vampiro singular, a diferencia de sus congéneres, había nacido de un huevo de chocolate. Nada tiene de extraño que por sus venas corriera agua almibarada, pues lo primero contra lo que tuvo que luchar en su vida fue con una pared de cacao y azúcar, una pared incorruptible y firme, a través de la cual forjó su carácter de luchador, de loco aventurero de causas perdidas e imposibles, basado en mordiscos y lametones a través de aquel muro dulce y frío, solitario y oscuro. Su boca no amamantaba leche, su cuerpo no tenía el calor maternal de un abrazo ni la protección del grupo, pero a cambio, tenía chocolate, mamaba lascas de bombón, rodajas envueltas en vainilla y canela, y … pellizco a pellizco, mordisco a mordisco, Vampi Bienvenido le dijo los buenos días al mundo.

La realidad no es la vida ó la muerte.

En este lugar, del que siempre me acordaré, y cuyo nombre es Imaginación, la muerte no es un pozo negro ó un abismo, es un trozo de papel vacío, un hueco en un folio en blanco, el olvido, y la vida consiste en rellenarlo con quimeras, con historias bobas a veces, bellas otras, más nunca calladas ó detenidas, sino fluyendo, con letras bailando empeñadas en tapar con sílabas los huecos en blanco.

 

En aquel lugar y tiempo aun no existían caminos sobre la Tierra, tan sólo seres mitológicos y fantásticos con los cuales un pintor podría pintar un pintoresco lugar de ensueño, poblado de cerezos cuyas flores blancas asemejaban inmortales, eternas, un lindo valle por cuyo fondo trotaba una saltarina serpiente multicolor de espumosa fragancia.

Aquel río tenía un peculiar secreto.

Un secreto destinado a ser descubierto por un murciélago despierto..

Mientras el resto de los vampiros se dedicaban a cazar, persiguiendo presas, a molestar a princesas y hadas, a jugar en complicidad con ogros y trasgos fechorías tras granujadas, fastidiando a brujas y enredando con duendes y gnomos, el murciélago de chocolate solía volar entre las ramas en flor, jugando al escondite con ardillas y a ahuyentar a las serpientes que acechaban nidos de libélulas junto al río, a discutir con las lechuzas sobre su nefasta alimentación con indefensos ratones silvestres y a defender a brujas, dragones y lobos - a quienes todo el bosque consideraba, sin ser del todo cierto, lo más bajo de Imaginación - de las habladurías perniciosas en su contra de sus teóricas víctimas, princesas, caballeros y pastores.

Pero por encima de todo, lo que le gustaba era volar, volar, volar entre las flores, sentir el aroma perfumado, el viento acariciando sus alas, su cuerpo, su cara, llenarse de la belleza de un cerezo florecido, remontar por encima de sus brazos de madera arropados de pétalos, subir, subir, subir por encima de las copas de los árboles y desde arriba, muy arriba, extasiarse contemplando un segundo el bosque entero, que asemejaba una única y gigantesca flor desde lo alto, para zambullirse de nuevo, cayendo en picado en el laberinto inmaculado de pétalos blancos, zigzagueando, rozándolos, sintiendo su tersa blandura aterciopelada acariciar su ser, cada vez más rápido y más lejos, más seguro, en aquel intrincado valle de cerezos en flor, cada vez más lejos.

Vampi Bienvenido se alimentaba tan sólo de chocolate, de la cáscara del gran huevo de chocolate del cual había nacido, no necesitaba comer mucho, y sin darse cuenta, las reservas se agotaron un día, sin que ello llegara a preocuparle, ocupado tan sólo en volar más y más lejos a través de aquel bosque de cerezos siempre en flor. Tras muchos días de llegar al borde del lugar prohibido, más allá de donde nadie del grupo se aventuró cruzar, el fin de la tierra y el inicio de lo tenebroso, Vampi lo traspasó, fustigado por una fuerza interior que le arrastró hacia … perder durante un instante la consciencia y al retomarla darse cuenta que había abandonado su mundo de Imaginación, cruzando un puente, un túnel entre dos universos, para llegar a un lugar llamado Realidad, que a diferencia de Imaginación, era gris, apagado, sin calor, triste, lúgubre y sin sentido vital, todo ello lo descubrió mientras volaba sobre su cielo apagado, sus tierras ocres con árboles desnudos sin flor, secos, sin ríos, caminos de arena parda y construcciones feas de arcilla y rocas esparcidas y apiñadas por doquier.

No le gustó nada aquel lugar, aunque lo intentó con todas sus fuerzas, luchar contra su desánimo, buscar algo lindo en el menor detalle, fue en vano, un imposible, aquellos parajes extraños, "in-vampirescos", no tenían parangón alguno con su valle del otro lado, así pues, decidió regresar a Imaginación, sintiéndose culpable de su rebeldía y desobediencia a las prohibiciones de su gran familia de quirópteros, y al volar a ras de suelo, lo vio, un huevo enorme de chocolate, había muchos de ellos, envueltos en papel de colores apagados, una punzada en el estómago le hizo notar que tenía hambre, pero la ignoró. Ignoró aquella región irreal bautizada bajo el nombre Realidad..

Ahora sabía por qué era distinto, sus raíces, sus orígenes estaban en Realidad, pero en cambio, sin comprender bien como, había nacido en Imaginación y su mundo era éste último. Nunca nadie pudo darle una razón a esta pregunta, ni aún los más viejos del lugar, ni los más sabios, ni los magos, ni los hechiceros, ni aquellos a los que sedujo a base de carantoñas para conseguir la verdad le supieron explicar como había llegado él a Imaginación, sólo consiguió una divagante respuesta de un anciano medio ciego y falto de memoria, que insistía en haber visto en Imaginación, no uno, sino … - ¡Dos huevos de chocolate! -.

Con lágrimas en los ojos, voló y voló alejándose de allí, buscando la puerta al túnel de su memoria, de un puro regresar a la entelequia de su gente, y al despertar del regreso, una sonrisa se dibujó en su rostro al descubrir de nuevo su valle, sus flores, más hermoso aun que cuando lo dejó, y aunque cansado, hambriento y culpable, retornó entre los suyos.

Jamás se le ocurrió a Vampi Bienvenido algo tan sencillo como volver al límite del bosque de cerezos, robar un huevo de chocolate de Realidad y saciarse, jamás.

Ahora sabía quien era, más no le importaba, la falta de alimento le agotaba día a día, ya no volaba entre los cerezos y la manada empezó a preocuparse por él, realmente a preocuparse, el hambre le había hecho prisionero en su telaraña, cayó en un estado febril en el cual no era dueño de sus actos, situación aprovechada por varios quirópteros de la bandada para secuestrarle, y a horcajadas le llevaron a la morada de un enorme dragón volador que reposaba de sus heridas infringidas en el duelo contra un ejército de caballeros, armados de lanzas, flechas y espadas.

Aquellos quirópteros traidores le dieron a beber, contra su voluntad, bajo un estado febril de indefensión, de la sangre que manaba de la herida abierta por una espada en el cuello del dragón, y … - ¡Se convirtió! -.

Vampi Bienvenido se integró al grupo, dejó de volar entre los laberintos de flor, empezó a colgarse boca abajo, para que la sangre fluyera hacia sus pensamientos, el azúcar almibarado de sus venas se tiñó de rojo, jugaba a asustar elfos en la madrugada, a cazar pitufos rosas en noches de fogatas, a conquistar vampiresas con golpes de sus fuertes alas, se integró a la manada, con la cual batallaba en guerras de conquistas, robando ratas a lobos y lechuzas, conspirando y enjuiciando a hadas y ninfas por el delito de su bondad, ó a sílfides y nereidas por el delito de su fragilidad, ó a náyades y princesas por el delito de su belleza e inocencia.

Vampi Bienvenido la perdió, perdió su inocencia para sobrevivir, se hizo manada, masa vampiresca, con la que volaba al atardecer tras placeres rojos y carnales y regresaba de madrugada con los dientes chorreantes y el alma distante.

Desde que el vampiro de chocolate dejó de volar entre los cerezos, una sutil transformación había sucedido en el valle, lo notó una madrugada, cuando de regreso, aun no satisfecho de su ágape de sangre, emborrachado de ausencia, vio una esfera roja, brillante, sanguínea, flotando entre los árboles, embriagado de ansias, se lanzó sobre ella y en un vuelo rasante, con ímpetu de guerrero sediento, ávido de plasma, abriendo sus fauces, se tragó de un solo golpe, aquella primera cereza del valle.

¡No era una perla de sangre! Su obnubilado sentido le había engañado, tenía un sabor a reminiscencias de chocolate, de desastres inmediatos, de inmaduro fruto que fermentando en su interior se mezcló con sus fluidos, batallando por conquistar el cauce de sus venas, canjeando el alcohol rojo succionado de mil heridas enemigas por rojo refresco almibarado.

Todo le empezó a dar vueltas y vueltas, vueltas y más vueltas, y notó que el vértigo se apoderaba de él, mareándolo, sintió caerse, desmayado, desde lo alto, cuando quiso darse cuenta… - ¡chof! -, se encontraba hundiéndose entre las aguas frías del río, aquel contacto helado le despejó de su estupor, y luchó por ascender a la superficie, por sobrevivir, más no pudo evitar que una bocanada de agua entrara en su estomago al sentir que le faltaba el aire y querer respirar. Se dejaba hundir sin poder hacer nada, y en ese instante notó como una fuerza invisible le empujaba hacia arriba, hacia la vida y le dejaba exhausto, embobado y a salvo, junto a la orilla

Descubrió el secreto del río : ¡Era dulce! ¡Las aguas del río eran dulces!

El néctar de las flores del valle, anclado a las patas de las miles de libélulas cuando libaban sobre su cáliz, - libélulas que Vampi Bienvenido defendiera tiempo atrás de reptiles y congéneres, - se iba depositado en las cristalinas aguas, cuando estos multicolores insectos bajaban a beber, sin saber que transportaban un tesoro de azúcar pegado a sus cuerpos, que al disolverse entre el correr del río, le conferían al mismo, la potestad de la dulzura.

Vampi Bienvenido aguó su sangré con el líquido opalescente del río, bautizó su hambre con cerezas cárdenas y sintió unas cosquillas corriendo por dentro y una necesidad creciente y agobiante de volver a volar entre los cerezos, a bailar con el haz de la luna reflejada en el agua, planeando sobre ella mientras se forman ondas con el viento que la hacían tiritar. Se sintió de nuevo Él. Se sintió de nuevo regresar a sí mismo, a su huevo de cacao con canela.

Siguió volando, volando, y descubrió que más bolas rojas pendían de los cerezos, y sabían dulces, como el río, como el chocolate, y burbujas de libertad se dibujaron en su interior, rechazando su sed de sangre.

 

Vampi Bienvenido dejó de asistir a las cacerías en organizada manada tras la puesta de sol, y aunque empezó a sentirse algo solo, su interior estaba limpio, con el sabor dulcificado del agua mansa y las cerezas mágicas.

El grupo no podía tolerar una vuelta a tan desagradable nueva condición y le condenó al ostracismo. La vergüenza del clan. El deshonor de la familia. El oprobio para aquella alta casta de murciélagos con alcurnia y abolengo, de pura sangre, nunca mancillada.

La degradación de la raza podía empezar con él, y cuando una rama se pudre, de raíz se ha de cortar el árbol.

Fue juzgado y condenado por ultrajar las buenas costumbres del grupo, afrentar la valía y el honor, deshonrar la sangre y la caza, avergonzar el buen nombre de la especie, de tal forma que acabó sentenciado con el destierro.

Cierto día, cuando se sentía melancólico y abandonado, comprobó que tenía una virtud de la que carecían el resto de componentes del grupo, - ¡Podía cambiar de color¡ -, si bien es cierto, que tan sólo del negro al blanco y viceversa, lo descubrió un día de primavera, mientras, como cada tarde, volaba haciendo piruetas, en su destierro, entre las flores blancas, y supo que podía hacerse invisible para el resto del grupo, siempre que estos penetraran en el valle, mimetizándose entre las flores, cual si una de ellas se tratara, y cual fantasma, a hurtadillas, regresó al bosque del clan de los quirópteros, desde donde, invisible, les veía pasar en sus idas y correrías nocturnas, e incluso llegó a conseguir un mimetismo tal, que era capaz de acompañarles, de viajar a su lado, sin que notaran su presencia, y a su modo, siempre que le era posible, salvaguardar la vida de alguna presunta presa, siempre, cual Quijote, defensor de entuertos y víctimas inocentes.

En Imaginación, el tiempo es relativo, va hacia delante, ó hacia atrás, regresa ó huye, el pasado se hace futuro ó cambalache, pero en ese tiempo del pasado, instantes antes que Vampi Bienvenido viniera al mundo, que viera por primera vez en su vida el valle, otro vampiro invisible que jugaba a volar entre flores de cerezos, retuvo su juego por un instante, al contemplar una masa oscura junto al río dulce. Un huevo de chocolate se estaba resquebrajando bajo un cerezo del valle, bajo la atenta mirada de la vampiresa alada. Vampi no lo supo, pero su parto fue observado desde lo alto, por una quiróptera alada.

 

Y un tiempo después, Vampi Bienvenido notó su presencia.

Una vampiresa, con la virtud de hacerse invisible, - aquella vampiresa que le viera nacer, crecer, transformarse y renacer, aquella que le salvase la vida en el río, aquella primera vampiresa que naciera de un huevo de chocolate -, sintió que era el momento de dejar de ser la única diferente y se hizo visible para Vampi Bienvenido.

El viejo tenía razón, hubo dos huevos de chocolate en Imaginación y el dos es un número perfecto.

Hay un lugar en un valle, donde las cerezas desaparecen misteriosamente y se ve mover el reflejo de la luna en el agua del río y las flores blancas de los cerezos, en noches sin viento.

 

 

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